Desde que comencé el blog he querido tener una especie de sección contándoles de nuestras salidas, lo mucho o poco que disfruta Samuel – y por supuesto nosotros -, para tener un archivo virtual de nuestras “hazañas y aventuras”. De paso, darles una que otra idea ¡y que ustedes me las den a mí también!

Ya manos a la obra, por fin puedo hablarles de nuestras visitas al zoo – en plural porque de tanto esperar ya hemos ido dos veces y media, a los cinco, nueve y ahora a los catorce meses. De cuando tenía cinco meses, mejor ni les cuento, fui sola con mi peque y él durmió de lo lindo sobre mi pecho el poco tiempo que duré allí, ni se enteró de dónde estábamos (pero seguro lo pasó bomba arrunchadito). Por eso decidimos esperar a que Samu notara más lo que lo rodeaba, así que cuatro meses después fuimos a hacer nuestra visita oficial, y valió la pena la espera.

Samu y los pingus. 9 meses

9 meses – Coche para qué te quiero si tengo a mis papis para ver más

Llegamos a las 11 de la mañana al zoo y enseguida hicimos nuestra primera entrada, la de los reptiles. Decidimos dejar el cochecito a un lado para que nuestro hijo tuviera una mejor vista, apoyado en los brazos de Papi. A esa edad fue muy importante poner mucho de nuestra parte, señalando con los brazos estirados, como si estuviéramos haciendo yoga, a cada animal y sus movimientos (muy pocos con tanto anfibio tomando el sol), narrando lo que veíamos como en la mejor hora del cuento. De esta manera, Samuel comenzó a notar que había algo diferente y a expresar su curiosidad por las ranas y después los peces, la segunda área a la que entramos, buscando a los pingüinos.

Una vez frente a los pájaros polares, las futuras memorias comenzaron a construirse sin parar: Samuel tenía una sonrisa abierta, de esas de antaño, desdentadas, llenas de tanta emoción que se completaban con un gritito sin aire. La verdad es que el hábitat estaba genial. Nos podíamos acercar a una ventana que separaba nuestros mundos y daba a la laguna en donde los pequeños monocromos nadaban contentos de acercarse a las personas, entre ellas mi pequeñín, quien tocaba el cristal buscando acariciarlos sin cansarse de llamarlos. En ese momento supimos que esperar hasta los 9 meses había sido lo correcto para nosotros, no era muy pequeño y ya podía disfrutar a su manera de lo que ahí pasaba y a su vez darnos más momentos para contar y recordar en los años venideros.

Entre tanto, llegó la hora del almuerzo. Samuel comió muy bien lo que le llevábamos, como lo hace siempre que está en un lugar nuevo (ganas no me faltan de cambiar de sitio cada vez que hay que hay que darle de comer). Una vez recargados Samuel se durmió, así que aprovechamos mi esposo y yo para ver otros animales, esperando a que se despertara y poder visitar a los monos porque creímos que iba a ser lo mejor. Desafortunadamente no durmió su siesta completa por el ruido y aunque disfrutó a los orangutanes, no fue tanto como esperábamos. Un poco optimistas, le sumamos una visita a los elefantes, pero Samu estaba demasiado cansado, por lo que decidimos irnos. Fue un día relajado, nos lo tomamos con calma y aunque no le mostramos ni un tercio del zoológico, el momento con los pingüinos pagó la entrada.

14 meses – Coche para qué te quiero si tengo pies para explorar

La semana pasada regresamos de nuevo y los tres pasamos un día genial. Como mi pequeño ama caminar y no para nunca, lo dejamos libre desde que llegamos, poniendo en marcha sus piernas hasta la primera parada. En el camino al Zoolino, el área destinada a los más chicos, nos encontramos a pingüinos falsos y verdaderos que le dieron una pista a Samuel de lo que vendría. Además, comenzaron a subir el dial de sus sonrisas, gruñidos y miradas cómplices, las que llegarían a su expresión máxima una vez dentro del corral de las cabras.

Me gustaría que pudieran ver mis recuerdos para entender la dimensión de la felicidad de mi hijo al estar con los animalitos cornudos. Me parece estarlo viendo, con los labios estirados y los ojos encogidos, asintiendo, acercándoseles, alejándose y mirándonos como pidiendo permiso para animarse a tocarlos. ¡Y se animó! Solo tengo la expresión de su cara y la posición de sus brazos para alcanzarme a medio imaginar cómo fue para él tocar esos pelos que seguro se le antojaron tan raros. Y así, seguimos con cada animal del zoológico de pequeños, sonriendo a los ponys que bebían, llamando a los cerditos que retozaban tranquilos, imaginando ser un roedor en la madriguera/mira de los conejos.

Jugó y corrió en las áreas abiertas del Zoolino, a la velocidad máxima de sus pies de 12 cm que casi no paran a pesar del cansancio que crecía al mismo nivel de la diversión, ¡si se dejó sentar en el cochecito sin rechistar! Enseguida, y una vez más, optimistas, fuimos a los elefantes y monos otra vez, sin mayores resultados. La verdad es que después de casi dos horas de actividad intensa y cosas nuevas, Samuel necesita parar, descansar, asimilar. No importó, ya nos imaginábamos que algo similar iba a pasar y nos quedamos más que satisfechos porque por lo general, su cansancio es directamente proporcional a la cantidad de exploración hecha y la diversión experimentada.

Por si se animan…

Para los que se animen a llevar a su bebé al zoo, yo les recomendaría que:

 

  • Si aún no camina, lleven el cargador para que la visita pueda ser más interactiva. A la vez, ustedes no se cansan tanto. También lleven el cochecito para que el chiquito pueda dormir cuando le entre sueño.
  • Si camina, igual lleven el coche, no saben en qué momento su peque querrá algo de ayuda para ir de un área a otra. Cargar 11 kilos de un lado al otro no es tarea fácil.
  • Lleven agua, comida, snacks, o cómprenlos en el zoo. Lo importante es tener a la mano cuanto sea necesario para hidratar y recargar las energías gastadas en medio de tanta exploración. Tanto para hijos como para papás.
  • Animales activos e interactivos son los que más llamaron la atención de Samuel y de los otros niños pequeños que estaban allí. Fracasamos repetidamente con los elefantes, a pesar de su gran tamaño.
  • Lo más importante para resaltar desde mi punto de vista es que dejen que sea su niño el que marque el paso. Tengan claro que de esta manera probablemente no avanzaran mucho ni estarán en el zoológico por mucho tiempo, pero así el pequeño disfrutará más, a su aire.

Ya estamos planeando otra salida al zoo, cuando haga más calorcito. Imaginamos que la experiencia será distinta a medida que Samuel crezca, entienda y sepa más. ¡Ya no podemos esperar! Y ustedes, ¿ya fueron al zoo? ¿Cómo fue su experiencia? Si van, ¡cuéntenme cómo les fue!

    Anuncios

    Responder

    Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

    Logo de WordPress.com

    Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

    Imagen de Twitter

    Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

    Foto de Facebook

    Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

    Google+ photo

    Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

    Conectando a %s