Una noche y un día y medio sin Samuel.

Tres días atrás, de paseo en Bulgaria con Samuel mientras Papi trabajaba, recibí un mail inesperado. Sé que yo misma escribí a conciencia las 2 aplicaciones de trabajo que envié, después de seleccionar cuidadosamente las ofertas laborales, pero aún así el mensaje invitándome a una entrevista el viernes de la misma semana, me cayó de sorpresa. De alguna manera me las había arreglado para archivar en el fondo de mi cabeza la posibilidad de separarme de Samuel a partir de septiembre, cuando en teoría reanudaría mi vida profesional a tiempo parcial.

El pánico llegó. No sé si saben, pero en el Reino Unido, los procesos de selección de profesores son intensos y requieren de mucha preparación. Entre muchas otras cosas, la que más sobresale es que debes dar clase a un grupo de estudiantes desconocidos con poca información sobre su nivel, y asegurarte de exhibir todas tus habilidades como docente, las que ojalá correspondan con lo que según el gobierno británico hace a un buen maestro. Me puse muy nerviosa, seguramente por mi más de año y medio lejos de las aulas, aunque en ese momento esto no me vino a la cabeza. Con la ‘lógica loca’ de por medio, comencé a pensar que quizá estaba teniendo una corazonada y que buscar trabajar no era lo más conveniente para nuestra familia de tres. De igual manera, me puse manos a la obra, con cero materiales de apoyo, aprovechando la siesta del martes de mi hijo, el avión de regreso a Zurich del miércoles, y la tarde y noche suizas. Esto fue posible gracias a mi esposo, quien salió al rescate y se ocupó de mi pequeñín. 

El tiempo de preparación no hizo más que aumentar mis dudas. Sentía que estaba abandonando a Samuel por no leerle bien el libro que me trajo o por dejar que mi marido se lo llevara sin contemplaciones cuando venía a tocarme la pierna diciendo mamá, tratando de separarme de la mesa, seguro para hacerme sentar en el suelo como acostumbramos. Aun así continué, reservé mi vuelo a sabiendas que en el mejor de los casos tendría que pasar una noche y un día y medio sin mi hijo. Para darles perspectiva de la situación, nunca había dejado a mi peque más de cuatro horas seguidas sin mí; este era un salto largo, larguísimo, en vez de un primer paso.

Para completar la escena, el jueves era mi aniversario. Apenas y felicite a mi ‘Amorcito’ e ignoramos la celebración, por primera vez en nuestra relación, la que es cursi y con ganas, como nos gusta. Ahora, no sólo abandonaba a mi hijo, pero ¡a mi familia entera! Igualmente, seguí, no quería dejar pasar la oportunidad de al menos ver qué pasaría.

La verdad es que si mi marido no hubiera estado ahí, quién sabe si hubiera llegado a la entrevista. No sólo dejó que tomara mi decisión sin intervenir; sin pedírselo y silenciosamente, distrajo a Samuel, empacó mi maleta de mano con lo que él consideró esencial, me ayudó a revisar mi lección y esperó pacientemente para poder ir a dormir al mismo tiempo que yo. Después de mis lagrimillas derramadas al despedirme y ya una vez en Londres, hizo lo posible para que estuviera al tanto de los movimientos de Samu con videos, fotos y videollamadas. Él no lo sabe todavía, pero sin quererlo me dio el mejor regalo, me recordó con hechos lo fantástico que es y lo maravilloso de seguir creciendo de su mano; a la vez, me dio la certeza que mi otro regalito del cielo, el mini, tiene un papi sensacional.

  
Mi hijo me extrañó, besando y señalando fotos mías, enviándome y regalándome cyber-besos y sonrisas, llamándome y buscándome por la casa; pero estuvo bien, divertido, feliz. Fue a hacer la compra, al parque y comió fenomenal, todo a pesar de echarme en falta. Ya le dije que voy en camino, que estaré ahí cuando abra los ojos en la mañana, e iremos a hacer la compra, al parque y comeremos de película, los tres. Aunque se pueda sólo de a dos, en nuestro trío todo es mejor.

¿Cómo me fue en la entrevista? Muy bien, no porque me hayan contratado, eso ya lo sabré después y por ahora es secundario, sino porque me di cuenta de muchas cosas. Hoy fue importante ya que después de tanto tiempo pude ser ese otro yo del salón de clases, encontrarme ahí en ese espacio siendo capaz, disfrutando. Mejor aún, me di cuenta que ese yo trabajador puede ir de la mano con mi otro yo, ese que nació gracias a mis dos regalitos del cielo, haciéndome tan feliz.

 

 

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