¡Feliz día, Amor!

Llevo escribiendo esto en mi cabeza desde aquel día en el que a las 4 de la mañana te dije que estaba embarazada. Recuerdo que te levantaste con ojos entrecerrados y me abrazaste sonriendo, aún si estabas tan asustado y sorprendido como yo por ese bebé que crecía sin haberlo esperado, y al que despedimos antes de comenzar a imaginarnos cómo sería ser una familia de tres.

El papá que aguardabas ser salió a la superficie enseguida y ahí se quedó, protegiéndome y cuidándome a mí y a la mamá que quería ser. En medio de mis grises emociones supe como nunca antes y con cada una de mis células que tú eras esa persona ideal que esta familia anhelaba, ya fuera de dos, de tres o de diez.

Samuel desde sus primeras brazadas en mi interior sintió cómo y quién eras tú. Su papá lo intuyó antes que mis hormonas me dieran la alarma, y se empeñó en empacarnos en papel de burbujas y consentirnos para que todo saliera bien. Estoy segura que nuestro pequeño sintió cada uno de tus cuidados, que no fueron en vano y hoy corren jugando a escapar de papi y mami, riendo, creciendo y aprendiendo con cada respiro.

Gracias por ser como eres y entregarnos tu amor paciente, calmado y transparente. Samu es muy afortunado, y lo sabe. Yo soy muy afortunada, y también lo sé. Te amamos.

¡Feliz día del Padre, Amor!


 

Una noche y un día y medio sin Samuel.

Tres días atrás, de paseo en Bulgaria con Samuel mientras Papi trabajaba, recibí un mail inesperado. Sé que yo misma escribí a conciencia las 2 aplicaciones de trabajo que envié, después de seleccionar cuidadosamente las ofertas laborales, pero aún así el mensaje invitándome a una entrevista el viernes de la misma semana, me cayó de sorpresa. De alguna manera me las había arreglado para archivar en el fondo de mi cabeza la posibilidad de separarme de Samuel a partir de septiembre, cuando en teoría reanudaría mi vida profesional a tiempo parcial.

El pánico llegó. No sé si saben, pero en el Reino Unido, los procesos de selección de profesores son intensos y requieren de mucha preparación. Entre muchas otras cosas, la que más sobresale es que debes dar clase a un grupo de estudiantes desconocidos con poca información sobre su nivel, y asegurarte de exhibir todas tus habilidades como docente, las que ojalá correspondan con lo que según el gobierno británico hace a un buen maestro. Me puse muy nerviosa, seguramente por mi más de año y medio lejos de las aulas, aunque en ese momento esto no me vino a la cabeza. Con la ‘lógica loca’ de por medio, comencé a pensar que quizá estaba teniendo una corazonada y que buscar trabajar no era lo más conveniente para nuestra familia de tres. De igual manera, me puse manos a la obra, con cero materiales de apoyo, aprovechando la siesta del martes de mi hijo, el avión de regreso a Zurich del miércoles, y la tarde y noche suizas. Esto fue posible gracias a mi esposo, quien salió al rescate y se ocupó de mi pequeñín. 

El tiempo de preparación no hizo más que aumentar mis dudas. Sentía que estaba abandonando a Samuel por no leerle bien el libro que me trajo o por dejar que mi marido se lo llevara sin contemplaciones cuando venía a tocarme la pierna diciendo mamá, tratando de separarme de la mesa, seguro para hacerme sentar en el suelo como acostumbramos. Aun así continué, reservé mi vuelo a sabiendas que en el mejor de los casos tendría que pasar una noche y un día y medio sin mi hijo. Para darles perspectiva de la situación, nunca había dejado a mi peque más de cuatro horas seguidas sin mí; este era un salto largo, larguísimo, en vez de un primer paso.

Para completar la escena, el jueves era mi aniversario. Apenas y felicite a mi ‘Amorcito’ e ignoramos la celebración, por primera vez en nuestra relación, la que es cursi y con ganas, como nos gusta. Ahora, no sólo abandonaba a mi hijo, pero ¡a mi familia entera! Igualmente, seguí, no quería dejar pasar la oportunidad de al menos ver qué pasaría.

La verdad es que si mi marido no hubiera estado ahí, quién sabe si hubiera llegado a la entrevista. No sólo dejó que tomara mi decisión sin intervenir; sin pedírselo y silenciosamente, distrajo a Samuel, empacó mi maleta de mano con lo que él consideró esencial, me ayudó a revisar mi lección y esperó pacientemente para poder ir a dormir al mismo tiempo que yo. Después de mis lagrimillas derramadas al despedirme y ya una vez en Londres, hizo lo posible para que estuviera al tanto de los movimientos de Samu con videos, fotos y videollamadas. Él no lo sabe todavía, pero sin quererlo me dio el mejor regalo, me recordó con hechos lo fantástico que es y lo maravilloso de seguir creciendo de su mano; a la vez, me dio la certeza que mi otro regalito del cielo, el mini, tiene un papi sensacional.

  
Mi hijo me extrañó, besando y señalando fotos mías, enviándome y regalándome cyber-besos y sonrisas, llamándome y buscándome por la casa; pero estuvo bien, divertido, feliz. Fue a hacer la compra, al parque y comió fenomenal, todo a pesar de echarme en falta. Ya le dije que voy en camino, que estaré ahí cuando abra los ojos en la mañana, e iremos a hacer la compra, al parque y comeremos de película, los tres. Aunque se pueda sólo de a dos, en nuestro trío todo es mejor.

¿Cómo me fue en la entrevista? Muy bien, no porque me hayan contratado, eso ya lo sabré después y por ahora es secundario, sino porque me di cuenta de muchas cosas. Hoy fue importante ya que después de tanto tiempo pude ser ese otro yo del salón de clases, encontrarme ahí en ese espacio siendo capaz, disfrutando. Mejor aún, me di cuenta que ese yo trabajador puede ir de la mano con mi otro yo, ese que nació gracias a mis dos regalitos del cielo, haciéndome tan feliz.

 

 

Visita(s) al Zoo

Visita(s) al Zoo

Desde que comencé el blog he querido tener una especie de sección contándoles de nuestras salidas, lo mucho o poco que disfruta Samuel – y por supuesto nosotros -, para tener un archivo virtual de nuestras “hazañas y aventuras”. De paso, darles una que otra idea ¡y que ustedes me las den a mí también!

Ya manos a la obra, por fin puedo hablarles de nuestras visitas al zoo – en plural porque de tanto esperar ya hemos ido dos veces y media, a los cinco, nueve y ahora a los catorce meses. De cuando tenía cinco meses, mejor ni les cuento, fui sola con mi peque y él durmió de lo lindo sobre mi pecho el poco tiempo que duré allí, ni se enteró de dónde estábamos (pero seguro lo pasó bomba arrunchadito). Por eso decidimos esperar a que Samu notara más lo que lo rodeaba, así que cuatro meses después fuimos a hacer nuestra visita oficial, y valió la pena la espera.

Samu y los pingus. 9 meses

9 meses – Coche para qué te quiero si tengo a mis papis para ver más

Llegamos a las 11 de la mañana al zoo y enseguida hicimos nuestra primera entrada, la de los reptiles. Decidimos dejar el cochecito a un lado para que nuestro hijo tuviera una mejor vista, apoyado en los brazos de Papi. A esa edad fue muy importante poner mucho de nuestra parte, señalando con los brazos estirados, como si estuviéramos haciendo yoga, a cada animal y sus movimientos (muy pocos con tanto anfibio tomando el sol), narrando lo que veíamos como en la mejor hora del cuento. De esta manera, Samuel comenzó a notar que había algo diferente y a expresar su curiosidad por las ranas y después los peces, la segunda área a la que entramos, buscando a los pingüinos.

Una vez frente a los pájaros polares, las futuras memorias comenzaron a construirse sin parar: Samuel tenía una sonrisa abierta, de esas de antaño, desdentadas, llenas de tanta emoción que se completaban con un gritito sin aire. La verdad es que el hábitat estaba genial. Nos podíamos acercar a una ventana que separaba nuestros mundos y daba a la laguna en donde los pequeños monocromos nadaban contentos de acercarse a las personas, entre ellas mi pequeñín, quien tocaba el cristal buscando acariciarlos sin cansarse de llamarlos. En ese momento supimos que esperar hasta los 9 meses había sido lo correcto para nosotros, no era muy pequeño y ya podía disfrutar a su manera de lo que ahí pasaba y a su vez darnos más momentos para contar y recordar en los años venideros.

Entre tanto, llegó la hora del almuerzo. Samuel comió muy bien lo que le llevábamos, como lo hace siempre que está en un lugar nuevo (ganas no me faltan de cambiar de sitio cada vez que hay que hay que darle de comer). Una vez recargados Samuel se durmió, así que aprovechamos mi esposo y yo para ver otros animales, esperando a que se despertara y poder visitar a los monos porque creímos que iba a ser lo mejor. Desafortunadamente no durmió su siesta completa por el ruido y aunque disfrutó a los orangutanes, no fue tanto como esperábamos. Un poco optimistas, le sumamos una visita a los elefantes, pero Samu estaba demasiado cansado, por lo que decidimos irnos. Fue un día relajado, nos lo tomamos con calma y aunque no le mostramos ni un tercio del zoológico, el momento con los pingüinos pagó la entrada.

14 meses – Coche para qué te quiero si tengo pies para explorar

La semana pasada regresamos de nuevo y los tres pasamos un día genial. Como mi pequeño ama caminar y no para nunca, lo dejamos libre desde que llegamos, poniendo en marcha sus piernas hasta la primera parada. En el camino al Zoolino, el área destinada a los más chicos, nos encontramos a pingüinos falsos y verdaderos que le dieron una pista a Samuel de lo que vendría. Además, comenzaron a subir el dial de sus sonrisas, gruñidos y miradas cómplices, las que llegarían a su expresión máxima una vez dentro del corral de las cabras.

Me gustaría que pudieran ver mis recuerdos para entender la dimensión de la felicidad de mi hijo al estar con los animalitos cornudos. Me parece estarlo viendo, con los labios estirados y los ojos encogidos, asintiendo, acercándoseles, alejándose y mirándonos como pidiendo permiso para animarse a tocarlos. ¡Y se animó! Solo tengo la expresión de su cara y la posición de sus brazos para alcanzarme a medio imaginar cómo fue para él tocar esos pelos que seguro se le antojaron tan raros. Y así, seguimos con cada animal del zoológico de pequeños, sonriendo a los ponys que bebían, llamando a los cerditos que retozaban tranquilos, imaginando ser un roedor en la madriguera/mira de los conejos.

Jugó y corrió en las áreas abiertas del Zoolino, a la velocidad máxima de sus pies de 12 cm que casi no paran a pesar del cansancio que crecía al mismo nivel de la diversión, ¡si se dejó sentar en el cochecito sin rechistar! Enseguida, y una vez más, optimistas, fuimos a los elefantes y monos otra vez, sin mayores resultados. La verdad es que después de casi dos horas de actividad intensa y cosas nuevas, Samuel necesita parar, descansar, asimilar. No importó, ya nos imaginábamos que algo similar iba a pasar y nos quedamos más que satisfechos porque por lo general, su cansancio es directamente proporcional a la cantidad de exploración hecha y la diversión experimentada.

Por si se animan…

Para los que se animen a llevar a su bebé al zoo, yo les recomendaría que:

 

  • Si aún no camina, lleven el cargador para que la visita pueda ser más interactiva. A la vez, ustedes no se cansan tanto. También lleven el cochecito para que el chiquito pueda dormir cuando le entre sueño.
  • Si camina, igual lleven el coche, no saben en qué momento su peque querrá algo de ayuda para ir de un área a otra. Cargar 11 kilos de un lado al otro no es tarea fácil.
  • Lleven agua, comida, snacks, o cómprenlos en el zoo. Lo importante es tener a la mano cuanto sea necesario para hidratar y recargar las energías gastadas en medio de tanta exploración. Tanto para hijos como para papás.
  • Animales activos e interactivos son los que más llamaron la atención de Samuel y de los otros niños pequeños que estaban allí. Fracasamos repetidamente con los elefantes, a pesar de su gran tamaño.
  • Lo más importante para resaltar desde mi punto de vista es que dejen que sea su niño el que marque el paso. Tengan claro que de esta manera probablemente no avanzaran mucho ni estarán en el zoológico por mucho tiempo, pero así el pequeño disfrutará más, a su aire.

Ya estamos planeando otra salida al zoo, cuando haga más calorcito. Imaginamos que la experiencia será distinta a medida que Samuel crezca, entienda y sepa más. ¡Ya no podemos esperar! Y ustedes, ¿ya fueron al zoo? ¿Cómo fue su experiencia? Si van, ¡cuéntenme cómo les fue!

    Tu primer año, Samuel

    Tu primer año, Samuel

    Llegaste a tu primer año tambaleándote a la Frankenstein, recorriendo uno que otro metro a trompicones pero sin ayuda, demostrando que tu edad no ha llegado en vano, que vas dando pasitos hacia tu independencia.

    Me parece increíble pensar que han pasado poco más de 365 días desde que llegaste sin aprehensión a mis brazos torpes y mis manos ignorantes.  Eras tan pequeño que me cuesta creer que esos pies regordetes que ahora te apoyan en tus primeras excursiones cupieran entre mis dedos sin mayor esfuerzo.

    Has avanzado, aprendido día a día, y nosotros te hemos seguido más a punta de instinto que de consejos. El tiempo corre contigo sin tomar respiro, tan rápido que al comienzo casi me quedo atrás en tu carrera, así que hoy paso mis días guardándote en mi memoria mientras por tu parte también vas registrando en la tuya. Enseñamos y aprendemos, nos enseñamos y nos aprendemos. Y me llena de emoción y alegría imaginar cómo llegarás a tu segundo año de vida; y me lleno de melancolía por esos pasos tuyos que no volverán.

    ¡Feliz primer año de vida, hijo!

    Vampiros, cuenteros y Día de los Muertos


    Con un vampirín colgado, apoyado en nuestros brazos, ayer celebramos nuestro primer Halloween de tres. A causa de la posición geográfica, no tuvimos ni fiestas con personajes varios ni “trikitrikis”, pero nos tomó desprevenidos lo contentos y llenos que el 31 nos iba a dejar.
    Pasamos la tarde celebrando a la mexicana (versión anglo), en medio de calaveras coloridas, muertitos y mariachis, conociéndonos un poco más como familia. Samuel nos sorprendió mientras señalaba sonriendo algunas vasijas antiguas del museo, y por primera vez, en vez de pensar en su futuro, nos preguntamos por su pasado: quizá su alma ha llegado viajera y aprendida a continuar con su camino a la sabiduría, desde Babilonia, Atenas, Roma, ¡quién sabe! O quizá la fascinación por esos objetos históricos ha venido de algún trazo de su yo escondido, escrito desde el vientre, aún por emerger.  Seguir leyendo “Vampiros, cuenteros y Día de los Muertos”

    Bienvenido seas, lector

    Han pasado 41 semanas y tres días desde el día en que llegaste, saliendo de mi pancita ayudado por doctores, abriéndote camino entre el corte y los pliegues de mi piel.
    Aunque suene cliché, mi vida cambió: todo se volvió un poco más difícil, me había perdido y apenas comienzo a encontrarme ayudada por mi nueva visión del mundo, ahora visto desde tus ojos. He entendido, una vez más, cosas como la maravilla del movimiento giratorio de las ruedas, o el delicioso quejido del rasguido del papel, y entre tantos descubrimientos antaño colonizados, he empezado poco a poco a delinear mis contornos temporalmente desdibujados.

    Hoy soy yo y soy otra, vuelvo a mí paso a paso, contigo y esta pequeña gigante familia que me gusta pensar llena de amor. Hoy escribo de nuevo para seguir escribiendo realidades, pensamientos, fantasías y hasta noticias. ¡Lo que sea!

    Bienvenido Otro Yo.

    Y bienvenido seas, lector.