Ya son dos

Mi vida,

Y ya son dos los años que llevas dando pasitos en esta Tierra junto a nosotros. Pasitos cada vez más largos, que de repente corrieron y hasta brincaron, bajito bajito, pero saltitos al fin y al cabo.

Este año esos pies, los que “hace nada” sostenía entre mis dedos sin que los pasaran, han amado sentir la arena y el calor en su planta. Los has dejado descalzos cuando más libre te has sentido y más has sonreído. Tu pelo ha dado giros indomables disfrutando también de esa sensación de libertad.

Este año encontraste un espacio tuyo lejos de papá y mamá. Y aunque a regañadientes al comienzo, hoy tú mismo tocas esa puerta para entrar a jugar. Allí en ese lugar en donde tus horas son solo tuyas y donde nosotros hemos comenzado a aprender a aceptar lo que significa soltar.

Este año entendiste plenamente que tu familia es más grande que tres. Que en tu mundo hay más de dos sonrisas buscándote y más de cuatro manos apoyándote. Aprehendiste con fuerza el amor de tus abuelos y tus tíos; y la camaradería de tus primos. También, de a poquitos vas sabiendo lo que es ser amigo; cuando lo sepas completamente, tu familia crecerá aún más.

Tantas cosas que quiero contarte para que nunca se escapen de mi cabeza como no lo harán las sensaciones en mi alma. Como que amas los buses y los trenes, o cualquier medio de transporte que se te atraviese, moto-taxis incluidos. Te refieres a ti en tercera persona, estrechando mis labios al oírte decir Samu’s para reclamar aquello que es tuyo. Ya sabes decir “solito” en vez de ese “tú,tú,tú” que acompañabas con tu dedito apuntándote a ti mismo. Y te encanta cargar con Mono, tu mochila, y cuidas tus cosas con celo exagerado, sin perderlas de vista y sonando alarmas cuando algún “atrevido” taxista o asistente de aerolínea se atreve a tocarlas. Y atiendes explicaciones y razonamientos, con la cara seria a veces de ceño fruncido; a veces de ojos abiertos.

Quiero que sepas que eres feliz. Las sonrisas llenan tus ojos y tus labios a menudo y bromeas con nosotros con tus chistes que yo llamo “truquitos” para hacerte sonreír todavía más. Bailas cuando te entran ganas, así como cuando nos besas y abrazas. Sabes lo que te gusta y sin dudarlo lo haces saber pero también te animas a probar cosas nuevas sin miedo ni recelo.

Hoy dijiste “bye,bye tren” en voz fuerte, clara y alta mientras nos bajábamos del metro elevado; tu sonrisa era tan amplia y tu espontaneidad tal que no pude hacer más si no reír y unirme a tu libertad. Pensé en la tarjeta que te dio tu Aarti Foi en donde te deseaba ser tan feliz como el día de tu segundo cumpleaños, exclamando además con algo de nostalgia lo que sería poder almacenar tu ternura en un frasco. Pensé en sus palabras, en que mis deseos son tu alegría; y mi frasco estas letras, otro de los lugares en donde yo te guardo.

¡Feliz cumpleaños mi Samu!

 

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Una noche y un día y medio sin Samuel.

Tres días atrás, de paseo en Bulgaria con Samuel mientras Papi trabajaba, recibí un mail inesperado. Sé que yo misma escribí a conciencia las 2 aplicaciones de trabajo que envié, después de seleccionar cuidadosamente las ofertas laborales, pero aún así el mensaje invitándome a una entrevista el viernes de la misma semana, me cayó de sorpresa. De alguna manera me las había arreglado para archivar en el fondo de mi cabeza la posibilidad de separarme de Samuel a partir de septiembre, cuando en teoría reanudaría mi vida profesional a tiempo parcial.

El pánico llegó. No sé si saben, pero en el Reino Unido, los procesos de selección de profesores son intensos y requieren de mucha preparación. Entre muchas otras cosas, la que más sobresale es que debes dar clase a un grupo de estudiantes desconocidos con poca información sobre su nivel, y asegurarte de exhibir todas tus habilidades como docente, las que ojalá correspondan con lo que según el gobierno británico hace a un buen maestro. Me puse muy nerviosa, seguramente por mi más de año y medio lejos de las aulas, aunque en ese momento esto no me vino a la cabeza. Con la ‘lógica loca’ de por medio, comencé a pensar que quizá estaba teniendo una corazonada y que buscar trabajar no era lo más conveniente para nuestra familia de tres. De igual manera, me puse manos a la obra, con cero materiales de apoyo, aprovechando la siesta del martes de mi hijo, el avión de regreso a Zurich del miércoles, y la tarde y noche suizas. Esto fue posible gracias a mi esposo, quien salió al rescate y se ocupó de mi pequeñín. 

El tiempo de preparación no hizo más que aumentar mis dudas. Sentía que estaba abandonando a Samuel por no leerle bien el libro que me trajo o por dejar que mi marido se lo llevara sin contemplaciones cuando venía a tocarme la pierna diciendo mamá, tratando de separarme de la mesa, seguro para hacerme sentar en el suelo como acostumbramos. Aun así continué, reservé mi vuelo a sabiendas que en el mejor de los casos tendría que pasar una noche y un día y medio sin mi hijo. Para darles perspectiva de la situación, nunca había dejado a mi peque más de cuatro horas seguidas sin mí; este era un salto largo, larguísimo, en vez de un primer paso.

Para completar la escena, el jueves era mi aniversario. Apenas y felicite a mi ‘Amorcito’ e ignoramos la celebración, por primera vez en nuestra relación, la que es cursi y con ganas, como nos gusta. Ahora, no sólo abandonaba a mi hijo, pero ¡a mi familia entera! Igualmente, seguí, no quería dejar pasar la oportunidad de al menos ver qué pasaría.

La verdad es que si mi marido no hubiera estado ahí, quién sabe si hubiera llegado a la entrevista. No sólo dejó que tomara mi decisión sin intervenir; sin pedírselo y silenciosamente, distrajo a Samuel, empacó mi maleta de mano con lo que él consideró esencial, me ayudó a revisar mi lección y esperó pacientemente para poder ir a dormir al mismo tiempo que yo. Después de mis lagrimillas derramadas al despedirme y ya una vez en Londres, hizo lo posible para que estuviera al tanto de los movimientos de Samu con videos, fotos y videollamadas. Él no lo sabe todavía, pero sin quererlo me dio el mejor regalo, me recordó con hechos lo fantástico que es y lo maravilloso de seguir creciendo de su mano; a la vez, me dio la certeza que mi otro regalito del cielo, el mini, tiene un papi sensacional.

  
Mi hijo me extrañó, besando y señalando fotos mías, enviándome y regalándome cyber-besos y sonrisas, llamándome y buscándome por la casa; pero estuvo bien, divertido, feliz. Fue a hacer la compra, al parque y comió fenomenal, todo a pesar de echarme en falta. Ya le dije que voy en camino, que estaré ahí cuando abra los ojos en la mañana, e iremos a hacer la compra, al parque y comeremos de película, los tres. Aunque se pueda sólo de a dos, en nuestro trío todo es mejor.

¿Cómo me fue en la entrevista? Muy bien, no porque me hayan contratado, eso ya lo sabré después y por ahora es secundario, sino porque me di cuenta de muchas cosas. Hoy fue importante ya que después de tanto tiempo pude ser ese otro yo del salón de clases, encontrarme ahí en ese espacio siendo capaz, disfrutando. Mejor aún, me di cuenta que ese yo trabajador puede ir de la mano con mi otro yo, ese que nació gracias a mis dos regalitos del cielo, haciéndome tan feliz.

 

 

Visita(s) al Zoo

Visita(s) al Zoo

Desde que comencé el blog he querido tener una especie de sección contándoles de nuestras salidas, lo mucho o poco que disfruta Samuel – y por supuesto nosotros -, para tener un archivo virtual de nuestras “hazañas y aventuras”. De paso, darles una que otra idea ¡y que ustedes me las den a mí también!

Ya manos a la obra, por fin puedo hablarles de nuestras visitas al zoo – en plural porque de tanto esperar ya hemos ido dos veces y media, a los cinco, nueve y ahora a los catorce meses. De cuando tenía cinco meses, mejor ni les cuento, fui sola con mi peque y él durmió de lo lindo sobre mi pecho el poco tiempo que duré allí, ni se enteró de dónde estábamos (pero seguro lo pasó bomba arrunchadito). Por eso decidimos esperar a que Samu notara más lo que lo rodeaba, así que cuatro meses después fuimos a hacer nuestra visita oficial, y valió la pena la espera.

Samu y los pingus. 9 meses

9 meses – Coche para qué te quiero si tengo a mis papis para ver más

Llegamos a las 11 de la mañana al zoo y enseguida hicimos nuestra primera entrada, la de los reptiles. Decidimos dejar el cochecito a un lado para que nuestro hijo tuviera una mejor vista, apoyado en los brazos de Papi. A esa edad fue muy importante poner mucho de nuestra parte, señalando con los brazos estirados, como si estuviéramos haciendo yoga, a cada animal y sus movimientos (muy pocos con tanto anfibio tomando el sol), narrando lo que veíamos como en la mejor hora del cuento. De esta manera, Samuel comenzó a notar que había algo diferente y a expresar su curiosidad por las ranas y después los peces, la segunda área a la que entramos, buscando a los pingüinos.

Una vez frente a los pájaros polares, las futuras memorias comenzaron a construirse sin parar: Samuel tenía una sonrisa abierta, de esas de antaño, desdentadas, llenas de tanta emoción que se completaban con un gritito sin aire. La verdad es que el hábitat estaba genial. Nos podíamos acercar a una ventana que separaba nuestros mundos y daba a la laguna en donde los pequeños monocromos nadaban contentos de acercarse a las personas, entre ellas mi pequeñín, quien tocaba el cristal buscando acariciarlos sin cansarse de llamarlos. En ese momento supimos que esperar hasta los 9 meses había sido lo correcto para nosotros, no era muy pequeño y ya podía disfrutar a su manera de lo que ahí pasaba y a su vez darnos más momentos para contar y recordar en los años venideros.

Entre tanto, llegó la hora del almuerzo. Samuel comió muy bien lo que le llevábamos, como lo hace siempre que está en un lugar nuevo (ganas no me faltan de cambiar de sitio cada vez que hay que hay que darle de comer). Una vez recargados Samuel se durmió, así que aprovechamos mi esposo y yo para ver otros animales, esperando a que se despertara y poder visitar a los monos porque creímos que iba a ser lo mejor. Desafortunadamente no durmió su siesta completa por el ruido y aunque disfrutó a los orangutanes, no fue tanto como esperábamos. Un poco optimistas, le sumamos una visita a los elefantes, pero Samu estaba demasiado cansado, por lo que decidimos irnos. Fue un día relajado, nos lo tomamos con calma y aunque no le mostramos ni un tercio del zoológico, el momento con los pingüinos pagó la entrada.

14 meses – Coche para qué te quiero si tengo pies para explorar

La semana pasada regresamos de nuevo y los tres pasamos un día genial. Como mi pequeño ama caminar y no para nunca, lo dejamos libre desde que llegamos, poniendo en marcha sus piernas hasta la primera parada. En el camino al Zoolino, el área destinada a los más chicos, nos encontramos a pingüinos falsos y verdaderos que le dieron una pista a Samuel de lo que vendría. Además, comenzaron a subir el dial de sus sonrisas, gruñidos y miradas cómplices, las que llegarían a su expresión máxima una vez dentro del corral de las cabras.

Me gustaría que pudieran ver mis recuerdos para entender la dimensión de la felicidad de mi hijo al estar con los animalitos cornudos. Me parece estarlo viendo, con los labios estirados y los ojos encogidos, asintiendo, acercándoseles, alejándose y mirándonos como pidiendo permiso para animarse a tocarlos. ¡Y se animó! Solo tengo la expresión de su cara y la posición de sus brazos para alcanzarme a medio imaginar cómo fue para él tocar esos pelos que seguro se le antojaron tan raros. Y así, seguimos con cada animal del zoológico de pequeños, sonriendo a los ponys que bebían, llamando a los cerditos que retozaban tranquilos, imaginando ser un roedor en la madriguera/mira de los conejos.

Jugó y corrió en las áreas abiertas del Zoolino, a la velocidad máxima de sus pies de 12 cm que casi no paran a pesar del cansancio que crecía al mismo nivel de la diversión, ¡si se dejó sentar en el cochecito sin rechistar! Enseguida, y una vez más, optimistas, fuimos a los elefantes y monos otra vez, sin mayores resultados. La verdad es que después de casi dos horas de actividad intensa y cosas nuevas, Samuel necesita parar, descansar, asimilar. No importó, ya nos imaginábamos que algo similar iba a pasar y nos quedamos más que satisfechos porque por lo general, su cansancio es directamente proporcional a la cantidad de exploración hecha y la diversión experimentada.

Por si se animan…

Para los que se animen a llevar a su bebé al zoo, yo les recomendaría que:

 

  • Si aún no camina, lleven el cargador para que la visita pueda ser más interactiva. A la vez, ustedes no se cansan tanto. También lleven el cochecito para que el chiquito pueda dormir cuando le entre sueño.
  • Si camina, igual lleven el coche, no saben en qué momento su peque querrá algo de ayuda para ir de un área a otra. Cargar 11 kilos de un lado al otro no es tarea fácil.
  • Lleven agua, comida, snacks, o cómprenlos en el zoo. Lo importante es tener a la mano cuanto sea necesario para hidratar y recargar las energías gastadas en medio de tanta exploración. Tanto para hijos como para papás.
  • Animales activos e interactivos son los que más llamaron la atención de Samuel y de los otros niños pequeños que estaban allí. Fracasamos repetidamente con los elefantes, a pesar de su gran tamaño.
  • Lo más importante para resaltar desde mi punto de vista es que dejen que sea su niño el que marque el paso. Tengan claro que de esta manera probablemente no avanzaran mucho ni estarán en el zoológico por mucho tiempo, pero así el pequeño disfrutará más, a su aire.

Ya estamos planeando otra salida al zoo, cuando haga más calorcito. Imaginamos que la experiencia será distinta a medida que Samuel crezca, entienda y sepa más. ¡Ya no podemos esperar! Y ustedes, ¿ya fueron al zoo? ¿Cómo fue su experiencia? Si van, ¡cuéntenme cómo les fue!

    Tu primer año, Samuel

    Tu primer año, Samuel

    Llegaste a tu primer año tambaleándote a la Frankenstein, recorriendo uno que otro metro a trompicones pero sin ayuda, demostrando que tu edad no ha llegado en vano, que vas dando pasitos hacia tu independencia.

    Me parece increíble pensar que han pasado poco más de 365 días desde que llegaste sin aprehensión a mis brazos torpes y mis manos ignorantes.  Eras tan pequeño que me cuesta creer que esos pies regordetes que ahora te apoyan en tus primeras excursiones cupieran entre mis dedos sin mayor esfuerzo.

    Has avanzado, aprendido día a día, y nosotros te hemos seguido más a punta de instinto que de consejos. El tiempo corre contigo sin tomar respiro, tan rápido que al comienzo casi me quedo atrás en tu carrera, así que hoy paso mis días guardándote en mi memoria mientras por tu parte también vas registrando en la tuya. Enseñamos y aprendemos, nos enseñamos y nos aprendemos. Y me llena de emoción y alegría imaginar cómo llegarás a tu segundo año de vida; y me lleno de melancolía por esos pasos tuyos que no volverán.

    ¡Feliz primer año de vida, hijo!

    Mis deseos para ti, Samuel.


    1. Deseo que el mundo te encuentre siempre con ojos curiosos y mente maravillada;

    2. deseo que tu camino se entrelace con otros que te emocionen y te enseñen;

    3. deseo que ames plenamente;

    4. deseo que te amen plenamente;

    5. deseo que tus oídos sepan escuchar y tus ojos, observar, para aprender y enseñar;

    6. deseo que lo aprendido te haga más abierto, receptivo y crítico;

    7. deseo que pienses antes de creer, pero que sepas cuándo hay que creer sin pensar;

    8. deseo que no te falte apoyo, así como tampoco valentía para pedir ayuda;

    9. deseo que te busques, te encuentres, te reinventes y vuelvas a comenzar; sin perderte de vista;

    10. que seas feliz, y lo puedas compartir.